La inflación es la subida generalizada de precios — o, visto desde tu bolsillo, la pérdida de poder adquisitivo del dinero. Con inflación del 5 %, 100 € de hoy compran lo que 95 € hace un año. Para el ahorrador en efectivo es un impuesto silencioso: su cuenta «no pierde» nominalmente mientras pierde poder de compra cada día.
La regla central del inversor: lo que importa es la rentabilidad real, es decir, la nominal menos la inflación. Ganar un 6 % con inflación del 4 % es ganar un 2 % real; ganar un 3 % con inflación del 5 % es perder. Históricamente, la renta variable es de los pocos activos que bate a la inflación a largo plazo, porque las empresas pueden subir sus precios.
No todas las empresas se defienden igual
La clave es el poder de fijación de precios (pricing power): las marcas fuertes, el lujo y los productos imprescindibles trasladan la inflación a sus clientes sin perder ventas. Las empresas de márgenes finos y productos indiferenciados la absorben contra su beneficio. La inflación también obliga a los bancos centrales a subir tipos, con todo el efecto del capítulo anterior.
El IPC se publica cada mes y es, junto a las decisiones de tipos, el dato que más mueve los mercados. Un IPC por encima de lo esperado = miedo a más subidas de tipos = caídas, especialmente en crecimiento. Y viceversa.