La cuenta de resultados cuenta la película del año: cuánto vendió la empresa (ingresos), cuánto le costó (gastos) y cuánto quedó (beneficio neto). De ahí salen los márgenes: si vende 100 y gana 20, su margen neto es del 20 % — cada euro vendido deja 20 céntimos de beneficio.
El balance es la foto de un instante: lo que la empresa tiene (activos: fábricas, caja, inventario) frente a lo que debe (pasivos: deuda, pagos pendientes). La diferencia es el patrimonio neto, lo que de verdad pertenece a los accionistas. Una deuda muy superior al patrimonio es la primera bandera roja del análisis.
El estado que no miente
El estado de flujos de caja registra el dinero real que entra y sale. Es el más difícil de maquillar: el beneficio contable admite interpretaciones, pero la caja o está o no está. El dato estrella es el flujo de caja libre (free cash flow): el efectivo que queda tras pagar operaciones e inversiones, disponible para dividendos, recompras o reducir deuda.
Un patrón clásico de empresa con problemas: beneficios contables crecientes con flujos de caja menguantes. Cuando ambos divergen demasiado tiempo, suele estallar.